Hey! Teachers! Leave them kids alone!


Me dicen mis amigos que Gisela es el nombre que preferí olvidar, el nombre de mi profesora de Castellano y Literatura de cuarto y quinto año. Una mujer que, en complicidad con otro boludo, que escribió el libro de texto dirigido a esos niveles, y seguramente, una estólida sucesión docente que urdió su certificación como profesora de educación media, casi logra impedir que yo volviera a leer un libro en mi vida.

El bachillerato había interrumpido mi afición por la literatura y me obligaba a leer cosas como la composición del agua y el sodio, que para mí solo tenían importancia por ser el medio que había rodeado al Pequod, abrasado el cuerpo de Ahab y escupido el salvador ataúd de Queequeg. Pero ni el Pequod, ni Ahab, ni Quuequeg importaban un carajo en la didascalia de Gisela. Importaba nada más un puto cuestionario que precedía a cada tema del libro de texto y cada tema en cuestión en poco se diferenciaba de la famosa disección de la rana en Biología, puesto que era, fundamentalmente, un capítulo aislado de un libro. Y un capitulo aislado, podrá ser corazón inerte de rana, intestino de rana o pata de rana reactiva al pinchazo de la profesora de biología, pero ni por el carajo rana. Y como ni por el carajo podía ser rana viva y saltarina, el cuestionario interrogaba a un cadáver para estudios anatómicos, un resto sobre el que ningún estudiante se pregunta quién fue, qué hacía, para quienes estaba. Las preguntas del cuestionario tenían que ser entonces artificiales por completo:

“¿Quienes son los personajes?” ¿Quién carajo se pregunta quienes son los personajes cuando lee un libro? Si hay una manera de romper un pacto ficcional, es pedirle a un lector que se detenga, que vaya y busque un papelito y anote quienes son los personajes. Pero  Gisela interrogaba esto con una actitud que era una mezcla de cuestionamiento erudito con malicia de policía noir. “Pregunta para examen”-remataba.

“Señale cuatro expresiones de lenguaje literario y cuatro de lenguaje coloquial”. Como si ese “Perdone lo malo, señor”, con el que Salvador Garmendia concluye Tan desnuda como una piedra, no fuese uno con una sabia estructura literaria.

Pero la más arrecha de todas era la pregunta, “¿Tiene el texto la estructura del viaje?” Yo en ese entonces no sabía a qué podía referirse, y hoy imagino que pueda aludir a la peripecia, a la anagnórisis o hasta a la estructura formal de los giros de significados. La respuesta esperada por Gisela estaba inclusive en el libro de texto: “Sí, porque los personajes se desplazan de un lugar a otro” o “No, porque los personajes no se desplazan de un lugar a otro”. El que no pusiera esa vaina en un examen estaba raspado.

Y así, Gisela repartía positivos entre los que decían que sí tenía la estructura del viaje (básicamente porque es muy jodido encontrar una narración en la que nadie se desplace física o psicológicamente) y negativos para mí, que ante la pregunta “¿Qué denuncia Gallegos con el personaje Mr. Danger?”  me atrevía a responder, los intereses estadounidenses en Venezuela, y no la esperada, “la presencia de inmigrantes ilegales en el país”, porque Gisela y su libro homologaban a Gallegos a una especia de oficial de migración xenófo.


No supe nunca más de Gisela y -como reza el tópico- yo no le deseo mal a nadie, pero ojalá el ataúd de Queequeg le haya sido esquivo.

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